RELATOS

RELATOS | La noche en que los bastones intentaron silenciar el conocimiento

Hace 60 años, la dictadura irrumpió en las universidades argentinas a golpes y cambió para siempre el destino de la ciencia nacional

No hubo disparos al comienzo. No hicieron falta.

Bastó el ruido seco de los bastones golpeando puertas, pupitres y cuerpos para que una generación entera comprendiera que la libertad acababa de ser derrotada.

La noche del 29 de julio de 1966 no fue solamente una represión universitaria.

Fue el momento en que la violencia del Estado ingresó a las aulas para intentar expulsar las ideas.

Aquella madrugada, profesores de prestigio internacional, estudiantes, investigadores y decanos fueron arrastrados por los pasillos de la Universidad de Buenos Aires mientras recibían golpes de la Policía Federal por orden de la dictadura del general Juan Carlos Onganía.

Desde entonces, la historia la recordaría con un nombre imposible de olvidar:

La Noche de los Bastones Largos.

Juan Carlos Onganía fue un militar y dictador argentino que ejerció como presidente de facto de la Argentina desde su investidura el 29 de junio de 1966 hasta su derrocamiento el 8 de junio de 1970


El golpe había empezado un mes antes

El 28 de junio de 1966, los militares derrocaron al presidente constitucional Arturo Illia.

Sin Congreso.

Sin partidos políticos.

Sin elecciones.

La llamada “Revolución Argentina” prometía instaurar un nuevo orden.

Pero había un obstáculo.

Las universidades.

Desde la Reforma Universitaria de 1918, las casas de estudio gozaban de autonomía y cogobierno. Eran espacios donde docentes, graduados y estudiantes decidían el rumbo académico sin intervención política.

Para la dictadura aquello representaba un foco de pensamiento crítico.

Y había que terminar con él.

Apenas asumido, Onganía firmó un decreto que eliminó la autonomía universitaria e intervino todas las universidades nacionales.

La respuesta fue inmediata.

Cinco facultades de la Universidad de Buenos Aires decidieron permanecer tomadas en señal de protesta.

No había armas.

No había violencia.

Solo profesores, científicos y estudiantes defendiendo la universidad pública.


La orden fue desalojar… a cualquier costo

Cuando cayó la noche, cientos de policías rodearon los edificios universitarios.

El ultimátum fue breve.

Minutos después comenzaron los golpes.

Las puertas fueron derribadas.

Los gases lacrimógenos inundaron las aulas.

Los bastones comenzaron a caer sobre cualquiera que estuviera allí.

No importaban los títulos.

No importaban los cargos.

No importaba la edad.

Profesores reconocidos mundialmente recibieron la misma violencia que los estudiantes.

Muchos fueron obligados a caminar con las manos en alto mientras eran golpeados durante todo el recorrido hasta los móviles policiales.


“Pegaban con toda la fuerza posible”

Uno de los testimonios más impactantes fue el del matemático estadounidense Warren Arthur Ambrose, profesor de la Facultad de Ciencias Exactas.

Había llegado a Argentina atraído por el enorme prestigio científico que tenía la UBA.

Terminó siendo víctima de la represión.

Tras recuperar la libertad escribió una carta que publicó The New York Times.

Su relato estremeció al mundo.

Contó que unas 300 personas permanecían dentro del edificio cuando la Policía rodeó la facultad.

Luego del ultimátum comenzaron los gases.

Después llegaron los bastones.

Los presentes fueron obligados a permanecer contra una pared con las manos en alto mientras los policías descargaban los golpes.

“Los soldados pegaron tan brutalmente como les era posible.”

Aquella frase quedó grabada para siempre en la memoria histórica.


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|                 LÍNEA DE TIEMPO DEL CASO                    |
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| 28 de junio de 1966: Onganía derroca a Arturo Illia.        |
| Julio de 1966: Interviene las universidades nacionales.     |
| 29 de julio: La Policía ingresa violentamente a la UBA.     |
| Más de 400 detenidos y 300 heridos.                         |
| Semanas después comienza el éxodo de científicos argentinos.|
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La mayor fuga de cerebros de la historia argentina

Los golpes terminaron esa madrugada.

Pero las consecuencias durarían décadas.

En los días siguientes comenzaron las renuncias.

Primero fueron algunos profesores.

Después decenas.

Luego cientos.

Solo en la Facultad de Ciencias Exactas renunció cerca del 70% del cuerpo docente.

Más de 1.300 profesores abandonaron sus cargos.

Alrededor de 300 científicos emigraron al exterior.

Muchos terminaron trabajando en universidades de Estados Unidos, Francia, Inglaterra, México, Venezuela y otros países.

Argentina perdió en pocas semanas a algunos de los investigadores más brillantes de su historia.

Laboratorios completos quedaron vacíos.

Proyectos científicos fueron abandonados.

Años de desarrollo desaparecieron casi de un día para otro.


El silencio que costó generaciones

La Noche de los Bastones Largos no solo destruyó laboratorios.

También sembró miedo.

Muchos estudiantes abandonaron sus carreras.

Otros eligieron el exilio.

Las universidades dejaron de ser espacios de debate para transformarse en instituciones vigiladas por el poder militar.

Historiadores coinciden en que aquel episodio significó uno de los mayores retrocesos para la ciencia argentina durante el siglo XX.

El conocimiento no puede medirse únicamente por edificios o presupuestos.

También vive en las personas.

Y aquella noche miles de ellas decidieron marcharse.


Sesenta años después

Han pasado seis décadas.

Los bastones ya no golpean los pasillos de aquellas facultades.

Pero el recuerdo sigue vivo.

Cada 29 de julio, universidades de todo el país recuerdan aquella noche como uno de los ataques más graves contra la educación pública, la libertad académica y la producción científica argentina.

No fue solamente una represión.

Fue el intento de imponer el miedo sobre las ideas.

Porque aquella noche no se atacaron edificios.

Se atacó el pensamiento.

Y aunque muchos científicos debieron partir para seguir investigando lejos de su país, la memoria de aquella madrugada sigue recordando que hay conocimientos que ningún bastón puede borrar.

   

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