RELATOS

RELATOS | Anita Rivarola: tenía 8 años, pidió permiso para ir al baño y nunca volvió al aula

El 27 de septiembre de 1974, Ana María Rivarola desapareció durante el horario de clases en el Colegio San Marcelo, de Don Torcuato. Poco después, encontraron su cuerpo en la escalera que conducía al campanario de la iglesia lindera. El crimen, que conmocionó a la comunidad, quedó impune. Décadas más tarde, la psicóloga Sonia Almada reconstruyó parte de la historia para devolverle a Anita el nombre y el lugar que el silencio parecía haberle quitado.

Hay historias que no terminan cuando se cierra una investigación. Permanecen en la memoria de una comunidad, en las preguntas que una familia nunca consigue responder y en los recuerdos de quienes, muchos años después, todavía intentan comprender qué ocurrió.

La historia de Ana María Rivarola, a quien todos llamaban Anita, es una de ellas.

Tenía apenas ocho años cuando, el viernes 27 de septiembre de 1974, fue a la escuela como cualquier otro día. En algún momento de la jornada, pidió permiso a su maestra para ir al baño. Salió del aula y no regresó.

Al principio, su ausencia pudo parecer una demora. Pero el tiempo pasó y la niña no aparecía. La maestra decidió que fueran a buscarla. Lo que encontraron cambiaría para siempre la vida de una familia y dejaría una herida profunda en Don Torcuato, en la provincia de Buenos Aires.

Anita había sido asesinada.

El hallazgo que conmocionó a Don Torcuato

El cuerpo de la niña fue encontrado en la escalera que conducía al campanario de la iglesia lindera al Colegio San Marcelo.

La escena provocó una conmoción inmediata. Entre las personas que comenzaron a reunirse en el lugar, una frase se repetía con incredulidad, como si decirla en voz alta pudiera volverla menos real:

«Está muerta, está muerta».

La información publicada sobre el caso señaló que Anita había sufrido violencia sexual antes de ser estrangulada con sogas utilizadas en la parroquia para separar los bancos durante las misas.

No se trataba de una desaparición ni de un accidente dentro de la escuela. Una nena de ocho años había sido víctima de un crimen brutal en un lugar donde debía estar protegida.

La pregunta que quedó flotando desde aquel día fue inevitable: ¿quién había podido hacerle algo así?

Y, sobre todo, ¿cómo había ocurrido dentro del ámbito escolar sin que nadie pudiera impedirlo?

Las primeras versiones y una investigación que no llegó a una respuesta

Después del asesinato comenzaron a circular distintas versiones sobre lo ocurrido. Según reconstruyó Sonia Almada décadas más tarde, desde las autoridades de la escuela se habría instalado inicialmente la hipótesis de que un desconocido había ingresado al establecimiento y cometido el crimen.

En el barrio también circuló otra explicación que vinculaba el hecho con la agrupación Montoneros. Almada consideró que esa teoría no tenía sustento suficiente y que pudo haber quedado asociada al clima político que atravesaba la Argentina en aquellos años.

Pero mientras las versiones se multiplicaban, la pregunta central seguía sin respuesta: quién había matado a Anita.

La investigación judicial no consiguió identificar al responsable. Según el relato reconstruido por Almada, el expediente fue archivado aproximadamente un año después del crimen, sin que se hubiera llegado a esclarecer lo sucedido.

El paso del tiempo hizo el resto. Las noticias dejaron de aparecer, las referencias al caso desaparecieron de la conversación cotidiana y el asesinato comenzó a quedar relegado al recuerdo de quienes lo habían vivido de cerca.

La impunidad no significó que el dolor hubiera terminado. Significó que las preguntas continuaron sin una respuesta judicial.

Una niña que nunca dejó de estar presente

Entre quienes quedaron marcados por aquella tragedia estaba Sonia Almada, una niña del mismo barrio que tenía la misma edad que Anita cuando ocurrió el crimen.

No eran amigas ni se conocían personalmente. Sin embargo, la noticia la impactó profundamente.

Años después, Almada recordó que aquel episodio le hizo comprender, cuando apenas tenía ocho años, que los niños también podían ser asesinados. En su propia historia había atravesado situaciones de violencia sexual, una experiencia que influyó en su manera de interpretar lo ocurrido.

Con el tiempo se convirtió en psicóloga y psicoanalista, especializada en abuso sexual y maltrato infantil. También impulsó iniciativas destinadas a visibilizar las distintas formas de violencia contra niñas, niños y adolescentes.

Pero Anita seguía presente en su memoria.

Durante décadas, intentó recuperar su historia. Buscó información en internet, preguntó a personas que habían vivido en el barrio y habló con amigas de la infancia. Sin embargo, encontraba pocos datos y muchos recuerdos incompletos.

Llegó incluso a preguntarse si aquella historia que conservaba desde niña había ocurrido exactamente como la recordaba.

La búsqueda no se detuvo.

El encuentro que abrió una puerta

Una de las claves para reconstruir el caso apareció cuando Almada coincidió en un programa de televisión con Raúl Torre, investigador y criminalista.

Torre había participado en la investigación del asesinato de Anita cuando tenía alrededor de 20 años. Su testimonio permitió abrir una nueva puerta en una historia que parecía haberse perdido entre documentos, recuerdos y silencios.

A partir de ese encuentro, Almada comenzó a reunir testimonios de personas vinculadas con el colegio, compañeras de la víctima y familiares.

La reconstrucción le llevó aproximadamente dos años y medio. No se trataba solamente de reunir datos sobre un crimen antiguo: también buscaba comprender cómo una investigación podía quedar sin resolver y cómo la memoria de una víctima podía desaparecer de la historia pública.

De ese trabajo surgió una hipótesis que la investigadora consideró relevante: Anita probablemente conocía a quien la asesinó.

Sin embargo, esa posibilidad no equivale a una identificación probada. La información disponible no permite establecer quién fue el autor del crimen ni confirmar judicialmente esa hipótesis.

El nombre del responsable continúa siendo una incógnita.

«La niña del campanario»: recuperar una historia olvidada

El trabajo de Almada terminó convirtiéndose en el libro La niña del campanario, publicado por La Docta Ignorancia y posteriormente editado en una segunda edición por Bocas Pintadas.

La obra recuperó la historia de Ana María Rivarola y puso nuevamente en circulación un caso que había quedado relegado durante décadas.

Para la autora, el crimen también permitía hablar de cuestiones que trascienden un expediente policial: la violencia sexual contra la infancia, el silenciamiento de las víctimas y los abusos que pueden permanecer ocultos en ámbitos considerados seguros.

La escuela debía ser un lugar de cuidado. La iglesia, un espacio de comunidad. Sin embargo, Anita fue asesinada en ese entorno y nunca se llegó a conocer públicamente una respuesta definitiva sobre quién lo hizo.

El caso también expone el impacto que un crimen de estas características puede tener sobre una familia entera.

Según relató Almada, los padres de Anita no lograron recuperarse de la tragedia. Murieron jóvenes, todavía preguntándose quién había asesinado a su hija.

No hubo una condena que les permitiera cerrar esa búsqueda. Tampoco una explicación capaz de reparar lo ocurrido.

Camino a la Justicia

La causa fue investigada como una violación seguida de muerte, según la reconstrucción periodística del caso.

Pese a las primeras actuaciones y a las distintas versiones que circularon, no se logró identificar judicialmente al responsable. De acuerdo con el relato de Almada, la investigación fue archivada al año siguiente del crimen.

Décadas después, el trabajo de reconstrucción permitió recuperar testimonios y nuevas perspectivas sobre lo sucedido, pero no consiguió resolver judicialmente el asesinato.

Estado judicial conocido: el crimen permanece impune según la información publicada sobre el caso. No se cuenta aquí con documentación judicial actualizada que permita establecer si hubo actuaciones posteriores o novedades recientes en el expediente.

La memoria como forma de reparación

Con el paso de los años, Sonia Almada encontró la tumba de Anita en el cementerio de Tigre. Volvió en distintas oportunidades y le llevó flores.

En una entrevista con TN, explicó que necesitaba hacerlo. Para ella, recuperar el nombre de aquella niña era una forma de reparación histórica.

Anita había pasado décadas convertida en un recuerdo impreciso: una nena asesinada en una escuela, una historia que los vecinos ya casi no mencionaban, un caso que parecía haberse desvanecido.

El libro permitió que su nombre volviera a ser pronunciado y que su historia llegara a nuevas generaciones.

Pero recordar no significa resolver. Contar lo sucedido tampoco reemplaza la justicia que nunca llegó.

Ana María Rivarola tenía ocho años. Fue a la escuela, pidió permiso para ir al baño y nunca volvió al aula.

Más de medio siglo después de aquel viernes de septiembre de 1974, su asesinato continúa cargando con una pregunta que nadie ha podido responder de manera definitiva.

¿Quién mató a Anita?

La pregunta sigue abierta. Y mientras no exista una respuesta, su historia merece ser contada sin convertir las hipótesis en certezas, sin olvidar a la niña detrás del expediente y sin permitir que el silencio vuelva a cubrir su nombre.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *