Día del Profesor: Alejandro Riveros, 29 años enseñando Matemáticas, pero sobre todo formando buenas personas
En Albardón, hablar de Alejandro Riveros es hablar de un docente que dejó una huella en generaciones de alumnos. Maestro de grado, apasionado por la enseñanza y por la vida escolar, lleva 29 años frente a un aula en los colegios Parroquiales Nuestra Señora Del Carmen en Angaco y Nuestra Señora de los Desamparados en Albardon. En este Día del Profesor, cuenta cómo nació su vocación, qué aprendió de sus alumnos y por qué, para él, la docencia va mucho más allá de enseñar una materia.
Hay docentes que enseñan contenidos y hay otros que, además, dejan recuerdos. Alejandro Riveros parece pertenecer a ese segundo grupo.
En sus casi tres décadas frente a un grado, fue mucho más que un maestro de Matemáticas y Ciencias Naturales. Fue alguien que escuchó, que acompañó, que compartió recreos, que recibió confesiones, que buscó la manera de acercarse a sus alumnos y que incluso encontró en la magia una herramienta para sacar una sonrisa o mejorar la convivencia dentro del aula.
Por eso, en este Día del Profesor, su historia merece ser contada.
Aunque hoy muchos lo reconocen por su trabajo en Matemáticas, Alejandro aclara rápidamente que su formación y sus primeros años fueron como maestro de grado, enseñando todas las áreas.
“Cuando empecé a ejercer, a los 24 años, dábamos todas las áreas. Cada uno era responsable de su grado. Después la metodología cambió y nos dieron la posibilidad de trabajar con maestros paralelos y elegir áreas. Ahí me incliné por Matemática y Ciencias Naturales, mientras que el otro docente trabajaba Lengua y Sociales”, contó.

Una vocación que nació con el tiempo
Alejandro reconoce que ser docente no fue siempre su primera opción.
De chico imaginó distintos caminos. Le gustaba la carpintería, también la astronomía y, como tantos niños, fue cambiando de intereses a medida que descubría nuevos mundos.
La docencia apareció después, casi sin buscarla.
Durante muchos años participó en la Acción Católica Argentina, donde tuvo la posibilidad de trabajar con niños, adolescentes y jóvenes.
“Ahí pude trabajar muchos años con niños, con jóvenes, con adolescentes y eso despertó mi vocación por enseñar”, recordó.
Así comenzó un camino que ya lleva 29 años frente al grado.

Enseñar Matemáticas, pero enseñar mucho más
Para Alejandro, una clase no se resume a que un alumno aprenda una operación, resuelva un problema o incorpore un contenido.
Hay algo que para él está por encima de todo: formar buenas personas.
“Más que el contenido, me interesa que sean buenas personas. Me atrae mucho más un niño bueno que, a lo mejor, un niño que es muy bueno en Matemáticas, Lengua o en las distintas áreas”, explicó.
Eso no significa restarle importancia al aprendizaje escolar. Todo lo contrario. Pero su mirada siempre estuvo puesta en algo que considera todavía más importante: la persona que existe detrás de cada alumno.
Y esa mirada también le permitió descubrir que muchas veces, antes de aprender Matemáticas, un niño necesita simplemente que alguien lo escuche.

Las historias que aparecen en un recreo
A lo largo de tantos años, Alejandro acumuló innumerables recuerdos de sus alumnos. Muchos de ellos, según cuenta, son demasiado personales como para hacerlos públicos.
Son historias que nacieron en conversaciones privadas, en momentos de confianza, cuando un chico se acercaba para contarle algo que estaba viviendo en su casa o una situación que lo preocupaba.
“Detrás de cada niño, cada alumno viene también con sus problemitas y sus cuestiones de familia. Uno tiene que saber lograr un equilibrio entre lo que puede enseñarles en una clase y la situación anímica con la que ese niño entra al grado”, reflexionó.
Por eso, los recreos tienen un valor especial para él.
“Siempre me gustó usar los recreos u horas especiales para escuchar a aquellos alumnos que se acercaban a conversar y plantear alguna situación en particular”, contó.
Para Alejandro, muchas veces una conversación de unos minutos puede ser tan importante como una hora de clase.
La confianza de los chicos
Si hay algo que disfruta especialmente de estar frente a un aula es la relación que construye con sus alumnos.
“La nobleza, la transparencia, la confianza que esos niños depositan en mí, el cariño, el amor”, enumeró.
También reconoce que ser docente significa ser humano. Que hay días en los que uno llega al aula cargado de problemas y que, a veces, puede enojarse o llamar la atención más de la cuenta.
Pero hay algo que siempre termina ganando.
“Yo siento que me terminan viendo como un padre y eso lo disfruto mucho”, expresó.
Quizás esa sea una de las claves de los vínculos que construyó durante casi tres décadas.

Un saludo que no tiene precio
Hay una escena que Alejandro define como “impagable”.
Es encontrarse años después con aquellos niños que alguna vez estuvieron sentados frente a él y escuchar nuevamente una voz conocida:
“¡Profe, hola!”
Ahora esos alumnos ya son adultos. Algunos incluso tienen sus propios hijos.
“Con 29 años de servicio frente al grado ya tengo muchísimos alumnos que tienen sus hijos y encontrármelos después de muchos años y que me saluden como si hubiera sido ayer que nos hubiéramos conocido, eso es impagable”, contó.
También le sucede en las redes sociales, cuando antiguos alumnos lo recuerdan en su cumpleaños o le escriben para saludarlo por el Día del Maestro.
“Eso no tiene precio. Es lo más gratificante de la docencia: el hecho de trascender en la vida de un alumno”, sostuvo.

No hubo un solo maestro que marcara su camino
Alejandro no identifica a un docente específico como la persona que despertó su vocación.
Dice, en cambio, que aprendió de muchos.
Observó cómo sus maestros trataban a los alumnos, cómo hablaban con ellos, cómo enseñaban y, también, cómo se relacionaban.
Con el tiempo siguió aprendiendo de sus colegas.
“Sobre todo aprendí no solo de la manera de enseñar, sino de la manera de dirigirse a los alumnos, de tratarlos y de escucharlos”, explicó.
No hubo una sola figura. Fueron muchas pequeñas enseñanzas que terminó incorporando a su propia forma de ejercer la docencia.

“No me gusta ir a la escuela”
Hay alumnos que alguna vez le confesaron que no les gustaba ir a la escuela.
Y Alejandro tiene una respuesta particular para ellos.
Primero les dice algo que puede resultar inesperado: “A mí tampoco me gustaba ir a la escuela”.
Pero después aparece su explicación.
Para él, la escuela no es solamente un lugar para aprender Matemáticas, Lengua, Ciencias Sociales o Ciencias Naturales.
Es también el lugar donde los chicos aprenden a relacionarse, a convivir, a conocer a otros, a compartir y a construir vínculos.
“Cualquiera puede aprender Matemática, Lengua, Sociales o Naturales en su casa. La importancia de ir a la escuela no pasa solamente por estudiar, sino por socializarse, conocer compañeros, conocer gente y aprender a tener buenas relaciones personales”, sostuvo.
Una definición sencilla, pero profunda, sobre lo que significa educar.

Cuando la magia también entra al aula
Y como si todo esto fuera poco, Alejandro tiene otro recurso para conquistar a sus alumnos: la magia.
Desde hace algunos años, utiliza trucos como una forma de incentivar la conducta y generar momentos especiales.
“Si se portan bien, esta semana el viernes hay trucos de magia”, les dice algunas veces.
Pero una de las historias más memorables es la de “la abuela”.
En una oportunidad compró una careta de una abuelita, se puso un vestido viejo, se encorvó y apareció en el grado convertido en un personaje que los chicos esperaban ansiosamente conocer.
Les había dicho que, si se portaban bien, su abuela iba a visitarlos.
Y funcionó.
Los alumnos hablaban con aquella supuesta abuela y se metían de lleno en el juego, aun sabiendo, en el fondo, que detrás de aquel personaje estaba su maestro.
Una anécdota que resume bastante bien su manera de entender la educación: enseñar, escuchar, acompañar y también encontrar maneras de hacer feliz a un niño.

Un consejo para quienes recién comienzan
Después de 29 años en las aulas, Alejandro también tiene un mensaje para los docentes que recién empiezan.
Y no habla de planificaciones ni de contenidos.
Habla de la vida.
Les recomienda no permitir que el trabajo ocupe todo.
“Que entiendan que la vida no pasa por el trabajo. El trabajo sirve para una ayuda económica, sirve para expresar la vocación, pero no hay que priorizar todo en el trabajo”, sostuvo.
Para él, primero está la familia, después los amigos y luego el trabajo, aunque reconoce que la docencia tiene una particularidad: se trabaja con niños.
“Cuando uno entra al aula, lo más importante para el docente tiene que ser el alumno y lo más importante para una institución educativa tiene que ser el alumno”, remarcó.
Pero incluso con esa enorme responsabilidad, insiste en que ningún docente debería dejar de lado su propia vida.

Un homenaje inesperado
Alejandro cuenta algo que hace todavía más especial esta entrevista.
Es la primera vez, en sus 29 años de carrera, que un medio de comunicación lo convoca para hablar de su historia como docente.
Mientras respondía las preguntas, estaba reunido con colegas en un asado por el Día del Profesor. Se apartó unos minutos, se fue a un living y grabó cada una de sus respuestas.
“Es la primera vez en 29 años que me hacen este tipo de preguntas de un medio de comunicación. La verdad que me encantó la propuesta y siento que es como un homenaje”, contó.
Y quizás ahí esté la verdadera dimensión de esta historia.
Porque los homenajes no siempre necesitan diplomas, escenarios o aplausos.
A veces alcanzan con recordar una trayectoria, rescatar una palabra, escuchar una historia y decirle a alguien que todo aquello que hizo durante tantos años valió la pena.
Para Alejandro Riveros, la docencia parece resumirse en una idea muy sencilla: enseñar Matemáticas puede ser importante, pero dejar una huella en la vida de un niño lo es todavía más.
Feliz Día del Profesor, Alejandro. Y gracias por estos 29 años frente al aula.

