RELATOS | Quería robarle el auto a su vecino… terminó asesinándolo y enterrando su cuerpo en el Villicum
Hay crímenes que nacen de una obsesión.
Una idea que parece simple en la cabeza de un asesino… pero que termina convirtiéndose en una tragedia imposible de borrar.
Mario Andreatta tenía 77 años. Era jubilado, vivía solo en Albardón y mantenía una vida tranquila. Cada noche tenía una costumbre: visitar a su amigo y compadre en un viejo bar de Campo Afuera para compartir una charla y una cena.
Nunca imaginó que esa rutina sería el último capítulo de su vida.
La noche del 12 de mayo de 2001 salió de su casa como tantas veces. Dejó la luz encendida, la puerta sin llave y el portón abierto. Pensaba volver en poco tiempo.
Pero nunca regresó.
Detrás de su desaparición había un vecino que lo observaba desde hacía tiempo.
Miguel Ángel Miranda tenía 29 años y había comenzado a fijarse en el Ford Escort Ghia rojo que manejaba el jubilado. No quería su dinero. No quería sus pertenencias.

Quería quedarse con su auto.
Durante días estudió sus movimientos, sus horarios y los lugares que frecuentaba. Creyó haber encontrado la oportunidad perfecta.
Esa noche llegó hasta el bar donde Andreatta estaba cenando con su compadre. Esperó en silencio.
Cuando el anciano salió, Miranda ya estaba escondido dentro del vehículo.
El plan estaba en marcha.
Apenas habían pasado unos metros desde que Andreatta arrancó cuando sintió algo detrás suyo. Una soga rodeó su cuello.
El ataque fue brutal.
El jubilado intentó defenderse, pero Miranda tiró con fuerza hasta dejarlo sin vida. Después tomó el control del auto, colocó el cuerpo en el baúl y comenzó a intentar borrar las huellas.
Pero el crimen recién empezaba.
Con el cadáver todavía dentro del vehículo, fue hasta la casa de una mujer con la que tenía una relación. Allí confesó lo que había hecho y le mostró el cuerpo.
Luego obligó a la mujer a acompañarlo.
En plena madrugada condujo hacia la zona del Villicum. Allí, en un lugar alejado, sacó el cuerpo del baúl y cavó una fosa improvisada.
Mario Andreatta fue enterrado en la oscuridad, a pocos kilómetros de su casa.
Durante casi 50 días, su familia vivió la desesperación de no saber qué había pasado.
Su casa permanecía intacta.
Sus cosas seguían en el mismo lugar.
No había señales de que hubiera querido irse.
Hasta que una casualidad terminó revelando la verdad.
La madrugada del 29 de junio, policías que recorrían una zona rural de Albardón observaron a un hombre junto a un auto. El sujeto llevaba bolsas y no pudo explicar qué hacía allí.
Además, no tenía documentación del vehículo.
Cuando revisaron la patente descubrieron algo clave: el auto pertenecía a Mario Andreatta, el jubilado desaparecido.
El hombre era Miguel Ángel Miranda.
La mentira comenzó a caer.
Primero intentó decir que había comprado el vehículo, pero las pruebas lo dejaron sin salida.
Horas después confesó.
Reconoció haber matado al anciano y señaló el lugar donde había enterrado el cuerpo.
El 30 de junio de 2001, la Policía encontró los restos de Andreatta en el Villicum. En la vivienda de Miranda también aparecieron elementos que confirmaban la maniobra: documentos falsificados y partes del vehículo.
La Justicia determinó que no se trató solamente de un homicidio.
Fue un crimen cometido para quedarse con el auto.
En noviembre de 2002, Miguel Ángel Miranda fue condenado a reclusión perpetua por homicidio criminis causa y robo agravado.
Una historia que comenzó con la obsesión por un vehículo terminó convirtiéndose en uno de los crímenes más recordados de San Juan.
Porque detrás de cada objeto deseado por un asesino… puede esconderse una vida perdida.
