RELATOS | El hombre que sobrevivió a nueve balazos, pero no pudo escapar de su destino
A menos de un mes de cumplirse 29 años del asesinato de Carlos Chávez, la voz que llevó a Karicias a lo más alto de la cumbia sigue envuelta en una historia de traiciones, atentados y una ejecución que marcó para siempre a la música tropical argentina.
Hay asesinatos que parecen escritos mucho antes de que ocurra el último disparo.
Como si cada decisión, cada discusión y cada amenaza fueran empujando lentamente a la víctima hacia un destino del que ya no puede escapar.
La historia de Carlos Chávez Navarrete es una de ellas.
Faltan apenas unas semanas para que se cumplan 29 años de su asesinato y, aun hoy, su nombre sigue despertando la misma mezcla de admiración, tristeza y misterio que estremeció a la Argentina en agosto de 1997.
Para miles de personas fue simplemente la voz de Karicias, uno de los grupos más exitosos de la explosión tropical de los años noventa. Para los investigadores, en cambio, fue el protagonista de una historia donde el éxito artístico terminó mezclándose con disputas económicas, traiciones, amenazas y un crimen que todavía ocupa un lugar especial en la memoria del ambiente musical.
Carlos había nacido en Perú. Quienes compartieron sus primeros años recuerdan a un hombre sencillo, de voz privilegiada y con una obsesión casi permanente por la música. Como tantos otros, cruzó la frontera buscando una oportunidad que en su país parecía imposible.
La encontró en la Argentina.
A comienzos de los años noventa conoció a Víctor “Cholo” Olaya, un empresario peruano radicado en Buenos Aires que vio en él algo que pocos advertían: una voz distinta, capaz de emocionar al público y convertir cualquier baile en una fiesta.
La sociedad funcionó desde el primer momento.
Olaya se ocupaba del negocio.
Carlos conquistaba a la gente.
Así nació Karicias, una banda que en muy poco tiempo dejó de tocar en pequeños escenarios para convertirse en uno de los mayores fenómenos de la música tropical.
Los casetes se agotaban en las disquerías. Las presentaciones se multiplicaban por todo el país y cada fin de semana miles de personas hacían largas filas para ver a aquel cantante peruano que, sin proponérselo, se había transformado en una de las voces más populares de la cumbia argentina.
Pero mientras el público veía sonrisas sobre el escenario, detrás del telón empezaban a aparecer diferencias que terminarían cambiando la historia para siempre.
Las versiones hablan de discusiones por contratos, dinero, derechos artísticos y decisiones empresariales. Lo cierto es que la relación entre Chávez y Olaya se rompió de manera definitiva.
Carlos decidió seguir su propio camino.
Nunca imaginó que aquella decisión podía costarle la vida.
El 6 de abril de 1996 ocurrió el primer aviso.
Esa tarde esperaba el transporte que debía llevarlo a un show cuando un hombre apareció de manera sorpresiva y comenzó a disparar.
Una.
Dos.
Tres.
Hasta completar nueve balazos.
La escena fue desesperante.
El cantante fue trasladado de urgencia y permaneció varios días entre la vida y la muerte. Los médicos debieron practicarle cuatro operaciones para salvarle la vida.
Contra todos los pronósticos sobrevivió.
Para muchos fue un milagro.
Para otros, simplemente había ganado tiempo.
Mientras Carlos luchaba por recuperarse, la investigación judicial comenzó a apuntar hacia su antiguo representante. Las sospechas sobre el entorno de Víctor “Cholo” Olaya crecieron rápidamente y el empresario quedó envuelto en una causa que acaparó la atención de los medios durante meses.
Sin embargo, lejos de abandonar la música, Chávez volvió a hacer exactamente lo que mejor sabía hacer.
Cantó.
Fundó una nueva banda llamada Karakol y el éxito volvió casi de inmediato.
Las bailantas se llenaban otra vez.
El público seguía acompañándolo.
Parecía haber comenzado una segunda vida.
Pero quienes lo rodeaban aseguran que nunca dejó de vivir con miedo.
Las amenazas continuaban.
Las advertencias también.
Él sabía que el atentado del que había sobrevivido quizá no había sido el último.
Y tenía razón.
La noche del 12 de agosto de 1997 alguien logró convencerlo de abordar un supuesto remís.
Era un viejo Ford Falcon.
La investigación sostendría años después que una mujer conocida como “La Reina” habría tenido un papel decisivo para generar la confianza suficiente y lograr que el cantante subiera al automóvil sin sospechar que estaba entrando en una emboscada.
Cuando el vehículo ya circulaba por la zona oeste del conurbano bonaerense, dos hombres subieron al auto.
Desde ese instante el destino de Carlos Chávez quedó sellado.
El Falcon llegó hasta un descampado de Alejandro Korn.
Lo obligaron a bajar.
Después lo hicieron arrodillarse.
El primer disparo impactó en la nuca.
Cuando el cantante cayó al suelo, los asesinos descargaron otros diez disparos sobre su cuerpo.
No hubo robo.
No hubo discusión.
Fue una ejecución.
La noticia paralizó al ambiente artístico.
La voz más famosa de Karicias había sido asesinada con apenas 36 años.
La investigación avanzó durante los meses siguientes con detenciones, declaraciones y reconstrucciones que intentaron establecer quiénes participaron en la planificación del crimen y cuál había sido el verdadero móvil. Con el paso del tiempo, distintas personas fueron vinculadas judicialmente a la causa y el expediente fue reconstruyendo una trama compleja, marcada por viejos conflictos nacidos tras la ruptura artística entre el cantante y quienes habían compartido con él los años de mayor éxito.
A casi 29 años de aquella madrugada, la figura de Carlos Chávez sigue ocupando un lugar especial en la historia de la cumbia. Su voz continúa sonando en fiestas, radios y reuniones familiares, como si el tiempo nunca hubiera pasado.
Porque los asesinos lograron quitarle la vida.
Pero nunca pudieron borrar aquello que lo convirtió en una leyenda.
Cada vez que vuelve a sonar una canción de Karicias, Carlos Chávez regresa, aunque sea por unos minutos, al escenario del que jamás debió bajar.
